Campamento secreto: tres hombres en una noche
—Pues aprovéchame ahora y empótrame…
—¿Me dejas correrme dentro? —preguntó con voz ronca, conteniendo el aliento.
—¡Sí! ¡Hazlo!
—Suplícalo…
—¡Aaaaahhh, sí, por favor! ¡Lléname de semen!
Estuvimos un buen rato en esa misma posición, manteniendo un ritmo constante y sofocante, hasta que sintió el espasmo final y culminó dentro de mí. No pasó mucho más tiempo después de eso. Fue algo rápido, sencillo y directo; un encuentro tranquilo que terminó perfectamente bien.
Disimuladamente, me arreglé la ropa y regresé yo primero a la fiesta. Necesitaba descansar un momento, así que compartí algunas bebidas con mis amigos, intercambié unas cuantas palabras para integrarme de nuevo al grupo y disipar sospechas, y después salí al jardín a despejarme un poco.
El aire fresco me sentó bien, pero pronto escuché unos pasos detrás de mí que se detuvieron a muy poca distancia. Al darme la vuelta, descubrí que era Juan.
—¿Necesitas algo? —le pregunté, cruzándome de brazos.
—Quería hablar contigo.
—¿De qué?
—Llevamos muchos días enfadados, deberíamos arreglar las cosas.
—No hay nada que arreglar, Juan. No está bien involucrarse con gente del trabajo.
—¿Qué tal si caminamos un poco y llegamos a una conclusión?
Miré hacia la casa. Adentro todos estaban en su propio mundo: Dylan bailaba, otros fumaban y comían. Ya era muy tarde; la noche era sumamente fría y la luz de la luna apenas logra iluminar las siluetas de los árboles en el jardín. El cansancio y los efectos del alcohol empezaron a pasarme factura. Subí a una de las habitaciones libres de la planta alta para descansar. Tenía mucho sueño y me senté en el borde de la cama.
Juan me había seguido. Se inclinó hacia mí y me dio un beso suave en la boca que luego bajó hacia mi cuello. Lo detuve con suavidad.
—Es muy pronto…
—Te entiendo —respondió él a escasos centímetros de mis labios—. Pero quédate a dormir conmigo, ¿sí?
—No, mejor me iré abajo.
—¿Por qué?
—Porque no me siento capaz de dormir contigo y no hacer nada.
Llevábamos seis meses de tensión y juego previo entre nosotros, y la verdad es que yo tampoco aguantaba más. Rompí la distancia y lo besé yo misma. Cuando él volvió a bajar a mi cuello, ya no lo detuve; al contrario, comencé a desvestirme, liberando mis pechos frente a su rostro para obligarlo a quedarse.
Me recosté sobre la cama y Juan no dudó en desabrochar mis pantalones. Los bajó con urgencia y se abrió paso entre mis piernas para hacerme un sexo oral intenso, arrancándome los primeros gemidos de una noche que parecía no tener fin.