Relatos eróticos de Fantasías

Mi putica rezandera

Publicado por Camilo Mora el · 0 lecturas · 9 min de lectura

Durante muchos años tuve alguna tensión sexual con una amiga llamada Aurora. Después de más de 8 años de amistad, habíamos compartido algunas cenas, películas y cafés, pero nunca habíamos tenido nada entre nosotros. Al principio porque yo estaba en pareja y después cuando estuve solo porque descubrí que a ella le costaba estar con un hombre por las experiencias pasadas.
Alguna vez que yo estaba sin pareja intenté infructuosamente besarla después de una tarde de ir a cine y tomar algo. Días después me dijo que también se moría de ganas, pero que algo no la dejaba. Alguna vez le confesé que tuve un sueño erótico con ella, pero vi que insistía en que paráramos antes de que esto realmente empezara. Con los días, ese gusto mutuo pareció desvanecerse y solo compartíamos como los amigos que habíamos sido siempre.
En su crisis de los 40, empezó a ser una mujer bastante religiosa, yendo mucho a misa y participando de espacios comunitarios con personas mucho más mayores. Para ese momento, yo ya estaba nuevamente en pareja, así que creía que la posibilidad de que pasara algo entre nosotros se alejaba cada vez más. Muchas veces me había dicho que no se metería con hombres comprometidos y, además, al verla con tanta devoción por la religión, creí que ya no habría ningún riesgo entre nosotros.
Sin embargo, una tarde me llamó para invitarnos a una actividad comunitaria con un bingo y le dije que iría, pero tarde, porque llevaría a mi novia al aeropuerto, ya que viajaría por unos días a visitar a sus padres. Como era organizadora, me pidió que la apoyara al final para recoger todo y que después me invitaba a comer. Como había que subir algo en unos estantes altos, me subía a una silla e iba poniendo en su lugar cada cosa. Se acercó y me dijo que mejor ella me pasaba y así nos rendía más. De golpe, después de pasarme algo, acercaba su rostro a mi entrepierna y se quedaba ahí “sosteniendo” la silla para que no se fuera a caer.
“Si te contara el antojo que tengo”, me dijo sin más. Aunque ya veía por donde venía la cosa, me hice el loco para saber qué tanto avanzaría. “¿De qué?”, dije sin mirarla con la excusa de seguir poniendo cosas en los estantes. “Me toca censurarme porque estamos en el salón parroquial, pero ahorita te cuento”, dijo antes soltar una risotada.
Lo último que nos faltaba poner era unos manteles empacados en unas bolsas y, mientras me los acercaba, me dijo “este ya es el penúltimo paquete de la noche”. Ya era imposible ignorar sus palabras traviesas, pero simplemente dije “qué cansancio, creí que ya terminábamos”. Mientras yo acomodaba la bolsa de manteles, mee sostenía de las piernas y ya sin ningún pudor recostó su rostro en mi pene: “y este va a ser mi último paquete para hoy”.
Para ese momento yo ya me venía excitando, así que le restregué el paquete por su cara, mientras ella se reía y me decía “aquí no, vamos”. Me dijo que nos fuéramos a comer algo, pero que fuéramos en su carro, en su carro a comer algo. Acordamos en ir a dejar mi carro en el parqueadero de mi casa y luego saldríamos. Empecé a conducir y por el retrovisor veía que Aurora me seguía. Cuando entré a mi unidad, ella se quedó afuera esperando que yo no me demoraría. Mientras parqueaba, sonó el celular y era ella. Me dijo que recordaba que en su carro había algunos productos que era mejor tener refrigerados, así que si podíamos guardarlos en mi nevera. Se ubicó en el parqueadero de visitantes y hasta allá llegué para ayudarla con lo que había que guardar en la nevera. Me sorprendí porque solo eran dos postres de arequipe, pero no le quise hacer ningún comentario. En el ascensor estuvimos tranquilos, pero cuando entramos a la casa, todo estalló. Nos empezamos a comer a besos y solo paramos para que ella pusiera los postres en la nevera.
Al cerrar la nevera la vi venir hacía mí con dos cervezas y la frase “¿me invitas?”. Nos empezamos a pasar tragos de cerveza boca a boca y nos seguimos acariciando. Le quité la blusa azul oscura con flores estampadas y me encontré con un hermoso brasier azul de encaje. Le empecé a chupar las tetas con muchas ganas, jugando con sus pezones entre mis labios, mientras ella me tocaba el pene por encima del pantalón. Por momentos, una cadenita que tenía me molestaba, pero me daba algo de morbo ver esa virgencita entre sus dos tetas. Yo con una mano sostenía una teta mientras me chupaba la otra teta y con la otra mano empecé a meterla por debajo de su pantalón blanco y a jugar con su hilo dental blanco. Cuando llegué a su vagina la encontré mojadita, muy mojadita y le empecé a meter el dedo mientras ella me desabotonaba el pantalón. Me sacó el pene y se arrodilló a mamármelo con muchas ganas. Se lo metía hasta atragantarse y me miraba con picardía. “¿Eso era de lo que estabas antojada?”, le pregunté. “Sí, sí, sí, quería tu chimbo, quería sentir tu chimbo, quería de una vez por todas comerme tu chimbo, quería tu chimbo, necesitaba tu chimbo”, mientas me decía esto se cacheteaba con el pene y volvía a metérselo a la boca. Así estuvo por unos minutos, hasta que la paré y la besé intensamente.
“Quiero que me comas, ya no me importa más tu novia, ya no me importa que estés con Caro, quiero que me comas”, me decía y me apretaba el pene con fuerza. “¿Quieres mi chimbo?”, le dije al oído, “entonces pídelo de nuevo”. Nos fuimos para mi cuarto dejando regada ropa por toda la casa, llegamos con ella con un hilo dental blanco que le corrí para un ladito y le empecé a mamar esa chimba con todo el gusto. Me encanta chupar chimba, me encanta que los jugos de la vagina se metan en cada parte de mi boca, rozar con toda mi cara la chimba y ahogarme allí. A los pocos minutos llegó su primer orgasmo, se retorció un montón y después me cogió la cara y me pidió que se lo metiera. “Ya quiero tu chimbo, ya lo quiero sentir todo adentro, ya quiero que me cabalgues, que me montes, que me enloquezcas”. En ese punto me encanta seguir mamando y buscar un orgasmo más. Después de su segundo orgasmo, se la mamé un ratico más mientras le metía dedos en la vagina y el ano. Cuando pensó que se lo iba a meter ya, le di un rico y prolongado beso negro. Se sorprendió un montón y me dijo que no le habían hecho eso nunca, que siguiera. Seguí con mi lengua en su culo y con tres dedos en su chimba, disfrutando un montón, haciéndola correr nuevamente.
Para ese momento ya sentía mi pene estallar, así que simplemente se lo metí de un solo envión y le empecé a dar en varias posiciones. “Hace días quería tener tus rodillas en mis hombros”, le decía. “¿Ahora sí me vas a contar el sueño?”, me dijo. Le seguía dando con toda y de golpe le dije que me encantaba lo que estaba pasando, lo caliente que estaba, lo zorrita que se estaba portando… “¡Quiero seguir siendo tu puta!”, me dijo. Se lo hice repetir muchas veces, muchas. “Soy tu puta, cómeme, cómeme que soy tu puta, destrúyeme mi vagina, cómete mi culo, cómeme toda, soy tu puta”, gritaba enloquecida y así sentí que me iba a venir. Paré porque no tenía condón y me dijo que tranquilo, que se lo echara adentro, que ya se había operado, que lo que quería era ver mi semen saliendo por su vagina. Caí exhausto a su lado y nos abrazamos por unos minutos. Pedimos un domicilio de comida y cuando llamaron de portería para anunciarme que me iban a subir un pedido al apartamento, me dijo que ella lo quería recibir. Se puso su tanguita y una camiseta mía que sacó del closet. La camiseta solo alcanzaba a cubrirle la nalga y dejaba todas sus piernas descubiertas. Así la vi salir hacia la puerta. Yo me había puesto una camiseta y una pantaloneta. La vi como a propósito recibió el paquete y lo entró hasta la cocina para luego salir a llevar la plata, pero no toda. “Me confundí”, le dijo al domiciliario y volvió caminando sensualmente. El chico le miraba ese culote y yo disfrutaba con esa imagen.
“Estabas calentando al domiciliario”, le dije. “Esa era la idea, que me veas calentando a otro y te calientes tú también”. Entonces se quitó la camiseta y apoyó su cuerpo en la isla de la cocina, dejando su culo paradito para que yo le diera. Humedecí un dedo y se lo metí en el culo. “Quiero tu culito”, le dije y me agaché a darle una buena chupada de culo. Ahí en la cocina me la empecé a culear y a decirle que era una puta, que estaba siendo muy puta, que me encantaba que fuera mi puta. Cuando me iba a venir me dijo que se lo echara en la cara y así lo hice. Nos relajamos un rato para descansar en el sofá y nos sentamos a comer.
Mientras comíamos me dijo que hacía días estaba con ganas de estar con un hombre, pero que tenía una imagen que cuidar, que estaba fascinada con las chupadas de culo, que nunca se lo habían hecho y que por eso me había premiado con sexo anal. Me dijo que quería dormir conmigo y ese amanecer nos comimos un par de veces más. Me dijo que sería nuestro secreto y acordamos unas palabras claves que nos escribiríamos en medio de un saludo normal para avisar que teníamos ganas de tener sexo.
Desde eso ha pasado más de un año y al menos una vez a la semana nos acostamos. A veces me dice que quiere intentar con otros hombres, pero que no lo hace porque no quiere estar en una relación ni que se vaya a saber en lo que anda. Sigue muy activa en los eventos de la parroquia y cada que le pregunto si no siente que tiene una doble vida, solo me dice “la que peca y reza, empata”. Cada que nos acostamos, le digo que ella es mi putica rezandera y solo se ríe y disfruta.
En este último año me ha pedido que hagamos muchas cosas como mamármelo en un parqueadero, comernos en un cine, lo que pudimos hacer después de ir en semana tres veces a cine de dos de la tarde hasta que por fin nos tocó la sala para nosotros solos. Cuando vamos a comer cada rato me sorprende yendo al baño y entregándome su tanguita mojada envuelta en una servilleta.
Al mes de estar en esta situación con Aurora, le terminé a mi novia porque no quería estar en este doble juego. Aurora lo lamentó, pero me dejó claro que no quería un noviazgo, que solo quería que nos comiéramos cada que tuviéramos ganas. Que ella seguiría siendo la madre de un niño de cinco años que va a la parroquia a apoyar miles de actividades y que para mí, solo para mí, sería mi putica rezandera.

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