Relatos eróticos de Orgías

Un dia en el parque

Publicado por Anónimo el · 12.412 lecturas · 3 min de lectura

Era muy jovencita, con mucho esfuerzo había conseguido mi sueño de trabajar como profesora en un instituto. Aproveché que me habían pagado la paga extraordinaria en el instituto donde enseño, y además me dieron una compensación por mi entrega y buen trabajo hacia los estudiantes , y que empezaba el fin de semana para renovar un poco mi vestuario, comprándome algunos vestidos mas ligeros para soportar mejor el calor. Sin importarme, por primera vez en mi vida, que los hombres se fijaran en mi cuerpo. Es más, cada vez me sentía más orgullosa de que lo hicieran.

Supongo que pequé de ingenua quedándome tanto tiempo en aquel parque de las afueras, pero me encantaba ver las miradas que me echaban los hombres que pasaban por allí, aunque fueran acompañados de sus esposas. Por ello, cuando por fin me marché, ya estaba aquel grupo de jovenzuelos esperándome.

La falta de costumbre hizo que me sonrojara y bajara la cabeza ante sus groseras ordinarieces. Supongo que fue eso, unido a mi espectacular cuerpo, lo que despertó sus instintos animales. Porque antes de que acertara a reaccionar ya me habían tapado la boca, y me arrastraban a una salida de aguas cercana.

Allí, protegidos por la vegetación, me violaron… si es que puede llamarse así . Ya que mi agradecido cuerpo, mucho más sensible que yo, enseguida respondió a sus rudas y burdas caricias, excitándose mucho antes que ellos. Tanto mis rígidos pezones como mi encharcada cueva les facilitaron las cosas, logrando que el primero de ellos me penetrara antes de que hubiera terminado de hacerme a la idea. Y ya dio lo mismo, pues enseguida me inundó el placer, anticipándome el fuerte orgasmo que no tardo en llegar.

Este me dejo tan feliz y floja que dejé de oponer resistencia, dejando que terminaran de desnudarme con toda comodidad. Como ya no tenían que sujetarme uno de ellos se apresuró a arrodillarse a mi lado, liberando un grueso miembro para que se lo chupara.
Mis continuos gemidos de placer restaron fuerza a mi oposición, por lo que pronto tuve el largo cilindro incrustado en mi boca. Para mi sorpresa no solo no era tan asqueroso y desagradable como había supuesto sino que era algo delicioso el sentir esa cálida y dura cosa viva luchando contra mi lengua. Su raro sabor, entre ácido y amargo, me gustó tantísimo que pronto me puse a succionarlo con avidez.

Tanta entrega tuvo su recompensa y en el momento más inesperado el chico me inundó de esperma, logrando que me atragantara ante la inusitada avalancha de néctar. No hizo falta que sujetara mi cabeza para que lamiera con deleite hasta las ultimas gotas del desconocido manjar, sorprendiéndoles a todos con mi frenética voracidad.

Por suerte los tres jóvenes eran fuertes y ardientes y la velada pudo prolongarse por un par de horas más en el tranquilo rincón del parque. Pronto aprendí como debía menear las caderas para que ambos obtuviéramos más placer, y como debía usar mi boca con sus instrumentos para que jadearan de gozo. Aunque ellos sabían mucho mas que yo sobre el tema, y conseguían que empalmara un orgasmo detrás de otro casi de seguido, haciéndome rugir de placer una y otra vez, hasta que perdí la cuenta de cuantos llevaba ya.

Al final tuvieron la amabilidad no solo de ayudarme a vestir, a pesar de que mi ropa interior estaba tan estropeada que hubo que tirarla, sino incluso de acompañarme hasta mi barrio, no fuera que alguien me diera un disgusto a unas horas tan intempestivas.

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