Relatos eróticos de Autosatisfacción

Juegos al despertar

Publicado por Anónimo el · 2.191 lecturas · 3 min de lectura

Abro los ojos y las primeras luces del día iluminan nuestra habitación. Un tenue resplandor atraviesa las cortinas. Duermes a mi lado y tu rostro se parece al niño que fuiste. Al mirarte reconozco las facciones en blanco y negro de un bebé en una foto. Siento una inmensa ternura hacia ti. Lucho por mover los primeros músculos de la mañana. ¡Qué fatiga! Extiendo mi mano hacia ti y la apoyo sobre tu pecho. Siento el palpitar sereno de tu corazón que es mío y mi mano sube y baja al compás de tu respiración. Tú duermes y yo sueño.

Sueño con la locura de tenerte a mi lado y volver a la vida junto al tibio calor de tu cuerpo dormido.

Acaricio tu pecho y entretengo mi dedo índice jugando con uno de tus pezones, girando en círculo sobre él como si fuera una bolita de plastilina. Enredo mis dedos entre tu vello y sigo su recorrido hasta tu vientre. Adoro desmayar mi mano en esa tierra de nadie entre tu ombligo y tu sexo. Parece que la suavidad es especial allí. Miro tu rostro dormido y veo al niño de la foto. Sueño que es a él a quien acaricio y por eso busco la máxima suavidad que la piel de un hombre adulto ofrece. Paso mis dedos por la mata áspera de vello de tu pubis y alcanzo por fin tu pene en reposo.

Ahí encuentro la piel suave de niño: en el tronco de tu polla, antes de llegar a su cabeza. Atrapo entre mis dedos esa colita blanda y pequeña, promesa de un futuro de esplendor y de placer. Me gusta acariciarte el pene mientras duermes. Cuando estás despierto, rápidamente reaccionas y tu sexo crece, perdiendo yo mi juguete. Me gusta atraparlo entre mis dedos índice y pulgar y agitarlo de un lado para otro, inclinándolo hacia los lados, para que caiga por su peso. Acaricio su piel suave y te veo niño, débil, indefenso.

Con mi mano allí, espero tu reacción. Sé que durante el sueño, justo antes de despertar, tendrás una erección lenta y fuerte. La espero con ansia. Tu verga nunca alcanza esa dureza cuando yo te excito intencionadamente. Por eso me gusta esperar despierta el prodigio de tu potencia al máximo. Te destapo para poder contemplar la progresión. Cómo vibra con pequeñas sacudidas -como si fuesen escalofríos-, y cómo comienza a crecer; cómo el prepucio se queda atrás, incapaz de mantener esa cabeza roja e hinchada, caliente como nunca. Este eres tú, mi amor, y sé que sólo puedo contemplarlo cuando estás dormido. Por eso no me importa desvelarme.

Suena el despertador. Gruñes. Y te das la vuelta hacia mí, dando la espalda a ese infernal pitido que tanto te molesta. Yo vuelvo a buscar tu sexo, erguido al máximo, provocativo, desafiante. Comienzo un masaje lento. Agarro con tres dedos tu verga y subo y bajo tu prepucio, tapando y destapando la cabeza. Imagino tu cara de niño en blanco y negro, que hace pompitas con los labios hacia fuera y los mofletes hinchados.

Gruñes otra vez, pero es de gusto. Te tumbas boca arriba para facilitarme la tarea. Yo te estimulo despacio, muy despacio, disfrutando de la dureza y la suavidad. Aún no has abierto los ojos. Me gusta amarte en la penumbra, viendo siluetas, completando con la imaginación lo que apenas logro ver. Me he arrodillado entre tus piernas. Ahora ya agarro con toda la mano tu polla en erección y te la sacudo con violencia y rapidez, viendo tu cuerpo agitarse. Tú sólo gruñes; eres incapaz de modular palabras. Deseas el orgasmo, el máximo de placer y que brote la fuente que yo provoco. Yo me empeño con ánimo en hacerte gozar y que comiences la jornada con alegría. Pero sabes que no todo está garantizado.

Se enciende mi radio-despertador con la voz estridente de la mujer que cuenta las desdichas internacionales. Sueltas el aire de golpe, vaciando tus pulmones en un instante. Sabes que todo está perdido. Yo tengo mis normas: cuando se enciende mi radio-despertador, todo acaba; si se enciende antes de que llegues al orgasmo, te jodes. Así ha sucedido hoy

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